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Rigurosas medidas de seguridad
Yo siempre digo que con muchas cosas, no somos lo bastante creativos o sufrimos alguno de los defectos típicos que tenemos los seres humanos. Por ejemplo, en el tema que me ocupa, he sido muchas veces víctima de las medidas de seguridad tan fáccidas, que si yo hubiera sido una persona con malas intenciones, hubiera podido hacer lo que me diera la gana. En Alicante, cuando estaba haciendo los trámites para cambiarmde nombre al actual, Juan Navidad, tuve que ir muchas veces al Juzgado. Me pasó que casi siempre iba con algún bulto o maletón. Al principio me lo miraban todo rigurosamente, pero cuando vas a un lugar de estos cuatro o cinco veces, la confianza hace que te dejen pasar a todas partes y esa relajación podría ser peligrosa con otra persona -yo soy inofensivo-.
Estos días en Nueva York he estado viendo esas medidas excepcionales de seguridad tan impresionantes, pero que suelen ser torpes. Cortan calles enteras, manzanas de edificios, movilizan a miles de policías que encuentras en cada boca de metro, cada esquina y imagino que hasta los y las agentes que se ocupan a las labores administrativas salen a la calle. Lo noto porque se muestran tan sonrientes que contrastan con quienes lo hacen de manera habitual.

Estos días me he acordado del año que fui a la feria Líber en el Recinto Ferial en Madrid y en la puerta a mi compañera de trabajo la trataron bruscamente y maltrataron verbalmente por sacar unas fotos a la entrada a una puesta de sol preciosa. Llegaban muchas personalidades y había que hacer el paripé. Después, dentro, me llamó al móvil un editor que me publicó un libro de frases hace años y quedamos para hablar. Él estaba hablando con alguna de las autoridades y yo esperaba a que acabase. Me acerqué. No había problemas, los guardaespaldas hablaban con pasión de fútbol o alguna otra banalidad. Estuve a un metro de la Reina y el resto. Me puse a poner caritas y lanzar miradas desafiantes -aunque soy más pacifista que Gandhi, puedo llegar a poner caras de malo muy malote-. El anterior alcalde Álvarez del Manzano me miró con cara de susto sin apartarme la mirada y Esperanza Aguirre también se sorprendió mucho viéndome en esa actitud amenanzante. Pero aunque estuve más de cinco minutos en esa posición de amenaza física, estética y a entre uno y dos metros de todos aquellos seres importantes, no echaron cuenta de mí ninguna de las personas responsables de la seguridad. Menos mal que aquello no era más que una burda representación teatral, ya que podría haber tenido ocasión de cometer cualquier barbaridad.
Hace ya muchos años, a principios de los 90, pensé que en los organismos de seguridad debería haber siempre trabajando buenos escritores o guionistas. La que era una idea loca más, ahora es una realidad, ya que, desde después del 11-S diversos organismos de Estados Unidos contratan guionistas para imaginar, prevenir y poder evitar maneras de delito y terrorismo nuevas. Sin embargo, somos humanos y es ese factor humano el que hace que cuando escucho la expresión “rigurosas medidas de seguridad” no me quede más remedio que esbozar una sonrisa irónica…
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